martes, 20 de abril de 2010

El que sabe escribir

En el otoño de 1811, Noah Webster, abriéndose paso decididamente entre los de grado C, definió el sentido común como " un sentido corriente bueno y  saludable ...exento de prejuicios emocionales o de sutilezas intelectuales...el sentido de los caballos". Es una opinión bastante halagadora para el animal, ya que la biografía del sentido común constituye una lectura antipática. El sentido común ha pisoteado a varios genios bondadosos cuyos ojos se habían deleitado en el temprano rayo de una luna demasiado prematura perteneciente a una verdad demasiado prematura; el sentido común ha coceado los cuadros más encantadores porque su bienintencionada pezuña consideraba un árbol azul como una locura; el sentido común ha impulsado a feas pero poderosas naciones a aplastar a sus hermosas pero frágiles vecinas. El senido común es fundamentalmente inmoral; porque la moral natural de la humanidad es tan irracional como los ritos mágicos que se han ido desarrollando desde las oscuridades inmemoriales del tiempo. El sentido común, en el peor de los casos es sentido hecho común; por tanto todo cuanto entra en contacto con él queda devaluado. El sentido común es cuadrado mientras que que las visiones y valores más esenciales de la vida tienen siempre una hermosa forma circular, son tan redondos como el universo o los ojos de un niño cuando asiste por primera vez al espectáculo del circo.
Es instructivo pensar que no hay una sola persona en esta clase, ni en ninguna clase del mundo, que en determinado momento espacio-temporal histórico no hubiese muerto allí y entonces, aquí y ahora, a manos de una mayoría con sentido común movidos por una justa ira. El color del credo, la corbata, los ojos, los pensamientos, las costumbres o la lengua de uno tropezaría indefectiblemente en algún lugar del espacio o del tiempo con la objeción fatal de una multitud que detesta ese tono particular. Y cuanto más brillante y más excepcional es el hombre, más cerca está de la hoguera. Stranger ( extraño, extranjero ) rima siempre con Danger ( peligro ). El humilde profeta, el mago en su cueva, el artista indignado, el pequeño escolar inconformista, todos comparten el mismo peligro sagrado. Y puesto que es así, bendigámosles, bendigamos al monstruo; pues en la evolución natural de los seres el mono no se habría convertido en hombre si no hubiese aparecido un monstruo en la familia. Cualquiera cuya mente es lo bastante orgullosa como para no formarse en la disciplina lleva oculta, secreta, una bomba en el fondo del cerebro. Y sugiero, aunque solo sea por diversión que deje caer esa bomba particular sobre la ciudad modelo del sentido común. La explosión producirá un fulgor, y muchas cosas curiosas aparecerán bajo esa luz brillante; nuestros sentidos más raros y excelsos suplantarán durante un instante a ese personaje vulgar y dominante  que atenaza a Simbad por el cuello en el combate de lucha libre entre el yo adoptado y el yo interior.

La segunda victoria se produce cuando la fe irracional en la bondad del hombre ( a la que esos personajes fraudulentos llamados Hechos se oponen con tanta solemnidad ) se convierte en algo más que el tambaleante fundamento de las filosofías idealistas. Se convierte en una verdad sólida e iridiscente. Es decir, la bondad pasa a ser un elemento central y tangible del muno de uno mismo, mundo que al principio resulta difícil identificar con el mundo moderno. Pero en el mundo que proclamo como hogar del espíritu, con su decidida e inquebrantable falta de lógica, los dioses de la guerra son irreales. Y no lo son porque estén físicamente lejos de la realidad de una lámpara de lectura y la solidez de una estilográfica, sino porque no consigo imaginar ( y eso es decir mucho ) que tales circunstancias puedan incidir en un mundo hermoso que sigue su curso con placidez, mientras que sí puedo imaginar muy bien que mis compañeros de sueños, los miles que vagan por la tierra, siguen estas mismas normas irracionales y divinas en las horas más tenebrosas y deslumbrantes de peligro físico, de dolor, de polvo y de muerte.
¿ que representan exactamente estas normas irracionales ? Representan la supremacía del detalle sobre lo general, de la parte que está más viva que del todo, de lo pequeño que el hombre observa y saluda con un amable gesto de su espíritu mientras la multitud a su alrededor es arrastrada por un impulso común hacia un objetivo común. Yo me descubro ante el héroe que se lanza al interior de una casa en llamas y salva al hijo de su vecino; pero le estrecharé la mano si arriesga cinco preciosos segundos en buscar y salvar, junto con el niño su juguete favorito. Esta capacidad de asombro ante fruslerías  ( sin importarnos la inminencia del peligro ), estos apartes del espíritu son las formas más elevadas de la conciencia; y es allí, en ese estado mental infantil y especulativo tan distinto del sentido común y de la lógica, en donde sabemos que el mundo es bueno. He dicho que este mundo era bueno; y la bondad es algo irracionalmente concreto. Desde el punto de vista del sentido común, la "bondad " de un alimento, pongamos por caso es tan abstracta como su maldad, ya que el sano juicio no puede percibir estas cualidades como objetos tangibles y completos. Pero cuando realizamos ese giro mental necesario que es como aprender a nadar o hacer cambiar súbitamente la trayectoria de una pelota, nos damos cuenta de que " la bondad " es algo redondo y cremoso  hermoso y sonrosado, algo con delantal limpio y cálidos brazos desnudos que nos ha criado y nos ha dado consuelo, algo en una palabra tan real como el pan o la fruta.

En cambio " la maldad " es una desconocida para nuestro mundo interior; se sustrae a nuestra comprensión; " la maldad " en realidad es carencia de algo, más que una presencia nociva; y al ser abstracta e incorpórea, no ocupa un espacio real en nuestro mundo interior. Los criminales son por lo general personas sin imaginación , ya que si ésta se hubiera desarrollado aunque fuera siguiendo la medocre trayectoria trazada por el sentido común les habría impedido hacer el mal revelando a sus ojos mentales el grabado de unas esposas. Faltos de verdadera imaginación, se conforman con banalidades imbéciles como verse conducien do por Los Angeles un coche robado al lado de la rubia fastuosa que les ha ayudado a destripar al dueño. Hay, no obstante, una mejora que, sin querer, todo auténtico escritor aporta al mundo que le rodea. Cosas que el sentido común tacharía de banalidades insustanciales o exageraciones grotescas e irrelevantes, la mente creadora las utiliza de tal forma que vuelve absurda la iniquidad. El convertir al malo en bufón no es objetivo prefijado en el auténtico escritor, el crimen es una farsa lastimosa tanto si el recalcarlo ayuda a la comunidad como si no. El guiño del autor al advertir el labio colgante e imbécil del asesino, o al observar el dedo rechoncho de un tirano profesional explorando un agujero productivo de la nariz en la soledad de su suntuoso dormitorio, ese guiño castiga a vuestro hombre más certeramente que la pistola de un conspirador solapado. Y viceversa, no hay nada más odioso para los dictadores que un resplandor inatacable, eternamente inaprensible, eternamente provocativo. Una de las principales razones por las que el valeroso poeta ruso Gumilev fue asesinado por los rufianes de Lenin hace treinta y pico años es que durante toda la dura prueba, en las oscuras oficinas del fiscal, en la cámara de tortura, en los tortuosos corredores que conducían al furgón, en el furgón que le llevó al lugar de la ejecución, y en ese mismo sitio, con la tierra revuelta por los pies pesados de un pelotón sombrío y desmañado, el poeta no dejó de sonreír.